
El ecosistema digital europeo se prepara para un salto considerable en materia de ciberseguridad en 2026. La combinación de nuevos marcos regulatorios, el empuje de la inteligencia artificial y la profesionalización del cibercrimen está forzando a las organizaciones a replantearse su manera de protegerse, pasando de un enfoque puramente técnico a otro más estratégico y de negocio.
En España y en el resto de Europa, la entrada en vigor de normativas como NIS2, DORA, elDAS2, la Ley de Ciberresiliencia y las políticas del ENS está acelerando la inversión en seguridad. El sector camina hacia un modelo en el que los ciberataques ya no se ven como incidentes aislados, sino como un riesgo estructural que impacta en la continuidad del negocio, la reputación y el cumplimiento legal.
Un mercado en expansión: más gasto, más servicios y más regulación
Las previsiones apuntan a que, a nivel mundial, el gasto en ciberseguridad superará los 213.000 millones de dólares en 2026, con crecimientos de doble dígito respecto al año anterior. Algunas consultoras incluso sitúan el volumen cerca de los 240.000 millones, un indicador claro de que la seguridad se ha convertido en una pieza central de la estrategia tecnológica.
En el caso español, el comportamiento es similar, aunque con matices locales. Estudios como los del Observatorio DBK Informa señalan que el mercado nacional ha acumulado un crecimiento cercano al 70 % desde 2020, con una facturación que rondó los 2.500 millones de euros en 2024 y un aumento anual del 14 %. Para 2026, las proyecciones sitúan el listón por encima de los 3.000 millones de euros, empujado por la demanda de servicios gestionados, la automatización y el cumplimiento normativo.
Mientras tanto, otras fuentes estiman que el mercado de ciberseguridad en España podría superar los 5.000 millones de euros en 2026 si se incluyen todas las capas de servicios, soluciones e implantación asociadas a la adaptación a NIS2, DORA y otros marcos europeos. Aunque las cifras varían según la metodología, la tendencia es clara: el sector se consolida como uno de los más robustos del panorama tecnológico.
Buena parte del crecimiento viene de la creciente presión regulatoria. La Directiva NIS2 obliga a sectores críticos y esenciales —desde energía o sanidad hasta residuos, alimentación, manufactura, investigación o grandes servicios digitales— a elevar sus estándares de seguridad, gestionar riesgos de forma sistemática y notificar incidentes significativos en plazos estrictos.
En paralelo, entran en juego normas como DORA para el entorno financiero, el refuerzo del Esquema Nacional de Seguridad (ENS) en España, o la Ley de Ciberresiliencia europea, que introduce obligaciones de “seguridad por diseño” en productos y software comercializados en la UE, incluyendo la notificación de vulnerabilidades explotadas en menos de 24 horas. Todo ello está llevando a las empresas a profesionalizar su función de seguridad y a dotarla de más recursos y visibilidad interna.
De la seguridad técnica al gobierno integral del riesgo
La adaptación a estos marcos obliga a pasar de una seguridad basada en herramientas puntuales a un modelo de gobierno del riesgo. Cada vez más organizaciones están implantando estructuras GRC (Governance, Risk & Compliance) y creando oficinas de ciberseguridad internas o externalizadas que reportan directamente a la alta dirección.
Esta evolución implica coordinar la seguridad con los objetivos corporativos, definir métricas de riesgo (KRI) y de desempeño (KPI) comunes y establecer paneles de control en tiempo real que traduzcan el lenguaje técnico a términos de impacto económico y reputacional. El CISO deja de ser un perfil meramente tecnológico para convertirse en un actor clave en la toma de decisiones estratégicas.
Firmas especializadas del mercado español subrayan que el salto en 2026 será pasar de “apagar fuegos” a anticipar escenarios y reducir la superficie de ataque. Esto no solo exige tecnología, sino también procesos maduros, responsabilidades claras y una cultura organizativa que entienda la seguridad como parte del negocio, no como un apéndice aislado del departamento de IT.
En este contexto, la transparencia hacia la alta dirección se vuelve obligatoria. Las nuevas obligaciones de reporte de incidentes, niveles de madurez y planes de mejora colocan a los consejos de administración frente a la necesidad de involucrarse activamente en la gestión del riesgo cibernético, del mismo modo que lo hacen con el riesgo financiero o el cumplimiento regulatorio.
La ciberseguridad como servicio y la falta de talento especializado
La escasez de profesionales en el ámbito de la seguridad está impulsando con fuerza modelos de ciberseguridad como servicio. En España y en Europa, muchas empresas medianas y pequeñas optan por externalizar la vigilancia 24/7, la detección y respuesta ante incidentes, la gestión de vulnerabilidades o incluso la función de CISO a proveedores especializados.
Bajo esquemas como Cybersecurity as a Service (CaaS) o el modelo de MSP y MSSP (proveedores de servicios gestionados), las compañías pagan cuotas periódicas a cambio de un catálogo de servicios de protección, con actualizaciones continuas y acceso a equipos expertos que de otro modo serían difíciles de contratar y retener.
Este enfoque tiene varias ventajas: reduce la inversión inicial, permite aplicar economías de escala en infraestructura y talento y facilita recibir informes periódicos sobre el estado de la seguridad. Sin embargo, exige cuidar aspectos críticos como la soberanía del dato, la visibilidad sobre lo que hace el proveedor y la adecuada alineación con la estrategia de negocio para que la seguridad no se convierta en una “caja negra” externalizada.
En paralelo, las organizaciones están reforzando sus programas de formación interna, certificaciones y reciclaje profesional para construir un pipeline de especialistas en ciberseguridad. La capacidad de dominar la IA, comprender arquitecturas Zero Trust, gestionar incidentes complejos o liderar proyectos de cumplimiento regulatorio se considera ya una competencia clave en las áreas de tecnología y riesgo.
Inteligencia artificial: defensa automatizada y ataques más sofisticados
La inteligencia artificial será uno de los elementos más determinantes de la ciberseguridad en 2026. Por un lado, permite a los equipos defensivos analizar grandes volúmenes de datos, detectar anomalías en tiempo real y automatizar la respuesta a incidentes a velocidad de máquina. Herramientas como EDR, XDR o los SOC impulsados por IA se consolidan como estándar en las organizaciones con cierta madurez.
La automatización defensiva hará posible identificar patrones de comportamiento sospechosos, predecir amenazas antes de que se materialicen y reducir drásticamente los tiempos de contención. La función del analista humano cambia: pasa de revisar alertas una a una a supervisar políticas, validar decisiones críticas y gestionar incidentes de alto impacto.
En el lado ofensivo, sin embargo, la IA también multiplica las capacidades de los atacantes. Se espera un auge del phishing generado por IA, campañas altamente personalizadas y deepfakes de voz y vídeo capaces de engañar no solo a usuarios, sino incluso a ciertos sistemas biométricos. El llamado ransomware 4.0 combinará robo de datos, cifrado selectivo y estrategias de extorsión cada vez más elaboradas.
Algunos expertos prevén incluso que en 2026 se producirá al menos una brecha de seguridad ejecutada de forma casi autónoma por agentes de IA, con la tecnología tomando decisiones de ataque sin intervención humana directa. Este tipo de escenarios obliga a repensar la manera de modelizar riesgos y a dotarse de capacidades de defensa igual de automatizadas.
En este contexto, saber de IA deja de ser un plus y pasa a ser un requisito básico para los profesionales de ciberseguridad. No basta con entender el concepto: se trata de dominar sus capacidades, aprovecharla para automatizar la defensa y, al mismo tiempo, anticipar las nuevas vulnerabilidades que genera, desde la manipulación de modelos hasta la exposición de datos de entrenamiento.
Zero Trust, identidad y trabajo distribuido
El modelo tradicional basado en el perímetro de red está definitivamente en retirada. En su lugar, se afianza la arquitectura de confianza cero (Zero Trust), que parte del principio de “nunca confiar, siempre verificar”. Este enfoque encaja especialmente bien con los entornos híbridos, el uso intensivo del cloud y la proliferación de dispositivos móviles e IoT.
En la práctica, Zero Trust se traduce en segmentar redes, aplicar controles estrictos de acceso, monitorizar continuamente el comportamiento y minimizar el impacto de una posible intrusión. Muchas organizaciones están sustituyendo o complementando sus VPN tradicionales por soluciones de acceso seguro basadas en Zero Trust, consideradas menos vulnerables a ataques que explotan credenciales o configuraciones débiles.
La identidad digital se convierte así en el nuevo perímetro. Tecnologías como la autenticación multifactor y adaptativa, la gestión de accesos privilegiados (PAM) o el control granular sobre dispositivos personales (BYOD) serán fundamentales para equilibrar seguridad y productividad en un escenario donde el trabajo remoto e híbrido ya es norma.
Al mismo tiempo, algunos proveedores empiezan a hablar de una evolución hacia modelos de confianza asimétrica, en los que se combinan Zero Trust con técnicas de engaño, honeypots y activos falsos para detectar movimientos de los atacantes dentro de la red. La idea es dar la menor información posible sobre la infraestructura real y obligar al adversario a cometer errores que puedan ser identificados de forma temprana.
De la reacción a la ciberresiliencia: ransomware, filtraciones y continuidad
Aunque el ransomware seguirá siendo una de las principales amenazas, su dinámica está cambiando. Las mejoras en las copias de seguridad y los planes de recuperación han hecho que el cifrado puro pierda eficacia, lo que empuja a los delincuentes hacia modelos basados en el robo de datos y la extorsión. El chantaje mediante la amenaza de filtraciones públicas o denuncias ante aseguradoras y reguladores gana terreno frente a la mera petición de rescate para descifrar sistemas.
La respuesta de las organizaciones pasa por priorizar la ciberresiliencia y la continuidad de negocio. Esto implica no solo prevenir y detectar, sino también asegurar que, en caso de incidente grave, los servicios críticos puedan seguir funcionando o recuperarse con rapidez aceptable.
Para lograrlo, las empresas están reforzando sus planes de respuesta ante incidentes, realizando simulacros periódicos, definiendo protocolos claros de comunicación de crisis y estableciendo acuerdos con proveedores clave para reducir la dependencia de un solo punto de fallo. La resiliencia deja de ser un anexo técnico y escala hasta los consejos de administración como criterio a considerar en las decisiones de inversión.
Además, la cadena de suministro digital se consolida como vector de riesgo preferente. El uso masivo de software de terceros, bibliotecas de código abierto y servicios cloud multiplica las posibles puertas de entrada. Se espera una mayor adopción de defensas automatizadas en repositorios de paquetes, así como procesos más estrictos de evaluación y monitorización de proveedores.
Convergencia IT/OT, IoT y soberanía del dato en Europa
La transformación digital en sectores industriales, sanitarios, logísticos y energéticos está difuminando las fronteras entre los sistemas IT tradicionales y los entornos OT. La consecuencia directa es un aumento de la superficie de ataque, con cibercriminales interesados en interrumpir operaciones críticas, manipular sensores o explotar dispositivos IoT mal protegidos.
Ante este escenario, se generalizará la integración del threat hunting OT dentro de los SOC unificados, así como el despliegue de arquitecturas Zero Trust aplicadas específicamente a redes industriales. La segmentación de entornos, la monitorización de tráfico entre dispositivos de control y la detección de comportamientos anómalos en planta serán elementos claves para minimizar riesgos.
En Europa, además, se acentúa el debate sobre soberanía de datos y localización geográfica. Normas como el GDPR y futuras regulaciones, junto con la tendencia a repatriar información a centros de datos locales para cumplir con exigencias regulatorias, están obligando a buscar soluciones que protejan la privacidad sin penalizar en exceso el rendimiento o incrementar de forma desmedida los costes.
Para mitigar este dilema, está creciendo el interés por las llamadas Privacy-Enhancing Technologies (PETs), que permiten anonimizar, cifrar o segmentar datos para cumplir la normativa y, al mismo tiempo, seguir explotando la información en analíticas avanzadas o modelos de IA. La gobernanza federada de datos aparece como un enfoque especialmente relevante en la UE, donde la colaboración entre organizaciones debe compatibilizarse con la soberanía del dato.
Criptografía post-cuántica y regulación en evolución
Otro ámbito que empezará a ganar peso real en 2026 es el de la criptografía resistente a la computación cuántica. Aunque los ordenadores cuánticos capaces de romper masivamente los algoritmos actuales todavía no están presentes en el mercado, los organismos reguladores y los sectores más críticos (como el financiero) han comenzado a prepararse.
Instituciones como el NIST en Estados Unidos o el BSI en Alemania están publicando recomendaciones y estándares para facilitar la transición a esquemas criptográficos post-cuánticos, mientras navegadores, plataformas SaaS y proveedores de infraestructura empiezan a probar mecanismos de intercambio de claves más robustos.
En paralelo, el marco regulatorio europeo sigue endureciéndose. A las actualizaciones de GDPR y la entrada de NIS2 se suman textos como el Digital Omnibus Act o la Ley de Ciberresiliencia, que amplían las obligaciones en materia de transparencia, interoperabilidad y seguridad por defecto. Todo ello obliga a las compañías a estrechar la colaboración con proveedores tecnológicos, autoridades y socios para no perder competitividad mientras cumplen con un entramado de normas cada vez más complejo.
Esta superposición de regulaciones, a veces con matices distintos o incluso contradictorios, hará que las áreas de cumplimiento, legal y ciberseguridad tengan que trabajar codo con codo. La gestión del riesgo dejará de ser un ejercicio estático para convertirse en un proceso continuo de adaptación, en el que la monitorización regulatoria y la capacidad de respuesta rápida ante cambios normativos serán tan importantes como la propia tecnología desplegada.
Cultura, formación y nuevos perfiles de liderazgo en seguridad
Por mucha tecnología que se despliegue, el factor humano sigue siendo la puerta de entrada preferida de muchos ataques. Correos de phishing bien elaborados, ingeniería social o errores de configuración derivados de falta de formación continúan estando detrás de un número significativo de incidentes.
De cara a 2026, se espera que las empresas apuesten por programas de concienciación continua, con simulaciones periódicas, métricas de madurez y contenidos adaptados a distintos roles dentro de la organización. La formación dejará de ser un curso aislado para integrarse en la operativa del día a día, con indicadores vinculados incluso al desempeño profesional.
A nivel de liderazgo, el rol del CISO se amplía y se hace más transversal. Cada vez es más habitual que asuma responsabilidades relacionadas con ética de la IA, protección de datos, bienestar digital de la plantilla y coordinación con áreas de negocio. Surgen figuras híbridas, como el Chief Security Officer con visión integral, capaces de moverse con soltura entre la tecnología, la regulación y la estrategia corporativa.
Al mismo tiempo, el soporte técnico evoluciona para dar servicio a una fuerza laboral más digitalizada. Se espera que los equipos de help desk integren herramientas de IA para detectar patrones en las incidencias, mejore la educación de los usuarios en buenas prácticas de seguridad y adapten sus capacidades a un entorno donde las herramientas colaborativas, el teletrabajo y los dispositivos personales forman parte del estándar.
Todo apunta a que 2026 será un punto de inflexión en el que la ciberseguridad dejará de percibirse como un simple gasto en cortafuegos y antivirus para consolidarse como un indicador de confianza corporativa y ventaja competitiva. Las organizaciones que consigan combinar gobierno del riesgo, automatización inteligente, cumplimiento regulatorio y cultura de seguridad tendrán más opciones de moverse con soltura en un entorno digital cada vez más complejo, exigente y expuesto a amenazas que evolucionan a la misma velocidad que la tecnología que tratamos de proteger.
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